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Sep04

El Vinagre y La Rana: un viaje por Las Hurdes

Aun no tenemos programa en Discovery pero estamos en ello. Tras desafiar a la muerte entre vacas y escorpiones como si fuésemos suecos de calcetín y babucha para fotografiar unas pocas estrellas y con la adrenalina aun por las nubes, porque los valientes somos así de duros, decidimos doblar la apuesta y plantarnos en Las Hurdes. Si no moríamos allí, donde tanto se ha soñado y fabulado, seríamos inmortales. Temednos.

Plasencia, más concretamente el Mercadona de lo que parecía un barrio marginal de Plasencia, fue nuestro punto de encuentro. Los inmortales también necesitan comer y aquél parecía un buen lugar donde aprovisionarse para tamaña aventura.

Las Hurdes: El eslabón perdido

Me parece una acertada metáfora, la del eslabón perdido para definir a Las Hurdes, la de hoy. Condicionada por una geografía agresiva la comarca de Las Hurdes, en el norte de Extremadura, frenó su desarrollo en comparación con el resto del país convirtiéndola, el siglo pasado, en una tierra en la que la consaguinidad, las enfermedades y, en general, las duras condiciones de vida hicieron estragos.

Unamuno o Gregorio Marañón, por nombrar a algunos de los ilustres personajes que escribieron sobre Las Hurdes, pusieron el foco sobre la zona hasta tal punto que el mismo Alfonso XIII decidió tomar cartas en el asunto.

Todo esto desde el punto de vista mortal. Si entramos en el tema del misterio y, como decía antes, de las fabulaciones, apaga y vámonos: apariciones, muertes en extrañas circunstancias, luminarias errantes, encuentros con el diablo… meras anécdotas para tres intrépidos aventureros.

El panorama en Las Hurdes hoy es distinto. Carreteras asfaltadas en buen estado o un sector como el del turismo rural activo que ofrece muchas posibilidades en la zona ofrecen una normalidad aparente. No obstante aun es posible reconocer esas Hurdes del pasado siglo en las múltiples alquerías abandonadas, las casas de pizarra, las poblaciones de pocos y ancianos habitantes o los servicios, escasos. Si mal no recuerdo por nuestra zona solo había una gasolinera, en Vegas de Coria, para suministrar a una docena de municipios, algunos a un buen rato de carretera. Y tiendas no había muchas más. Es por ello que sí, creo que Las Hurdes, hoy, es una especie de lienzo en el que pueden verse pinceladas de varias épocas que comprenden hasta 100 años desde la primera a la última.

Riomalo de Abajo

Valientes pero pobres, así somos. Con un coche y una tienda de campaña para tres no había muchas opciones donde parar. Básicamente el único camping cerrado que encontramos era el de Riomalo de Abajo. Vale, podríamos haber optado por la acampada libre, pero la valentía tiene un límite, especialmente la valentía de uno de los tres que no es Pablo ni soy yo. – Hola, Javi.

Si alguien se anima a venir por la zona (no os arrepentiréis jamás), el camping este es suficiente. No esperéis alardes de grandeza; con un trozo de césped para colocar la tienda y agua caliente vais sobrados. La gente que lo lleva es amable y atenta y cuenta a su favor con los espectaculares desayunos en el hotel-restaurante, a unos metros del camping, y de los mismos propietarios. Las tortas de masa con miel son una delicia.

Este fue nuestro campamento base los tres días. Llegamos un viernes y nos fuimos un domingo. Como llegamos el viernes ya entrada la noche y queríamos perder el menor tiempo posible decidimos montar la tienda rápido y salir con las cámaras por la zona. El camping está justo donde arranca la subida hasta el mirador del Meandro del Melero, un icono hurdano, así que había poco más que decidir.

A eso de la media noche empezamos a subir cargados de cámaras, trípodes y linternas. Tres kilómetros a pie por un camino asfaltado los primeros metros y una pista forestal, que pica y mucho hacia arriba, los últimos dos kilómetros, una madrugada de luna llena con un viento feroz que hacía crujir los inmensos árboles a nuestro paso y, repito, pasada la media noche… en las sierras de Las Hurdes. Una hazaña nunca antes vista en Cuarto Milenio.

El río Ladrillar, como cualquier río en esta zona, serpentea caprichosamente entre las sierras. Lo anárquico de su discurrir llegó a hacernos pensar que nos habíamos equivocado de camino o que el río había decidido secarse en cuestión de minutos solo por joder. Pero no, llegó un momento en el que la luna llena se reflejaba en el meandro y despejamos las dudas. Espectacular sitio.

Por cierto, por seguir alimentando aquello del misterio y las fabulaciones, de vez en cuando y por culpa del baile del agua veíamos un punto brillar en medio del río. Desde arriba era imposible adivinar que sería y con las cámaras, haciendo zoom, pues la verdad que tampoco. La estructura podría ser la de una barca, mayormente porque no se nos ocurre otra opción. No sé si tendrá que ver, supongo que no, pero aquella noche, subiendo, vimos a lo lejos en una carretera un coche con un foco de luz alumbrando a la cuneta y la sierra. ¿La policía buscando algo o a alguien?

El Gasco y La Batuequilla

El sábado dedicamos el día a recorrer un poco la zona norte. Tres días no dan para mucho, la verdad, y el único consuelo que queda es el de la excusa de que has de volver para seguir recorriendo esta tierra. Desde Ríomalo de Abajo partimos hacia El Gasco, una especie de Finisterre hurdano porque más allá no hay nada. Allí nos esperaba un paseo por un camino de piedras que desembocaría en otro paraje ciertamente espectacular: El Chorro de la Meancera, un salto de agua de algo más de 100 metros de altura, rodeado de un paisaje sobrecogedor.

Para llegar hasta allí pasamos por Vegas de Coria, Rubiaco, Nuñomoral, Fragosa, Martilandrán… son muchos los pequeños pueblos que atravesamos. En uno de ellos, no recuerdo si Fragosa o Martilandrán vivimos un momento surrealista al preguntar por El Gasco. El primero de los lugareños nos contestó señalando con el dedo hacia arriba, sin levantar la cabeza y sin mediar palabra, en una escena que podríamos colar en la peli documental de Buñuel sobre Las Hurdes. El siguiente intento fue de un surrealismo parecido porque fuimos a preguntar a un grupo de señoras enlutadas, como a la vieja usanza y mientras una reía de la manera más siniestra imaginable otra contestaba en una suerte de castellano que o era muy profundo o no había existido jamás.

Dimos media vuelta y al salir del pueblo nos encontramos con El Vinagre y La Rana, recién casados, para vivir otro de esos “momentos bisagra” entre el pasado y el presente. La juventud, vestida para la ocasión, esperaba a los novios mientras las señoras entonaban una canción dentro de la casa que sonaba a aquelarre. Allí todo era perturbadoramente extraño.

Ya de vuelta nos detuvimos a buscar algunas de esas alquerías abandonadas que hoy se empiezan a reconstruir, como La Horcajada o como La Batuequilla, que cuesta encontrarla porque está escondida tras la loma de un cerro y en la que solo viven un par de familias entre viejas casas de pizarra medio derruidas.

Allí estuvimos un buen rato charlando con una de esas familias y salió, sin pretenderlo, una de esas historias increíbles que forman parte de las gentes de Las Hurdes. Nos hablaron del encuentro con el “pelujáncano“, ¡fijaos qué nombre!, de un hombre muy mayor, allí presente, que apenas podía ya hablar. El pelujáncano era una suerte de serpiente negra, cubierta de pelo y que, si tenías la mala suerte de encontrarla en tu camino, se erguía frente a ti y te atacaba tomando impulso. Terrorífico.

La Sierra de Francia, las moscas y La Alberca

Con pena por habernos dejado atrás Ríomalo de Arriba, Caminomorisco, Pinofranqueado o Cambroncino (¡volveremos!) cerramos nuestro paso por Las Hurdes más al norte aun. Pasando por Las Mestas para comprar un poco de miel en el museo de la miel, donde nos invitaron a un chupito de Pichín Real y chocolate, pusimos rumbo a la provincia de Salamanca para hacer la última parada en La Alberca.

Antes nos detuvimos en la Sierra de Francia para echar un vistazo a la zona desde los miradores que hay arriba. Nada más bajar del coche y emprender el camino de piedras hasta la cumbre un nutrido grupo de moscas (sí, de moscas) se apresuró a dividirse en tres, de manera que cada uno llevábamos un asqueroso cortejo de moscas orbitando en torno a nuestras cabezas. Que un chaval que bajaba de la cumbre lo hiciera también con cincuenta mil moscas revoloteando alrededor de su cabeza, solo por su cabeza, despejará vuestras dudas sobre nuestra higiene. No he visto nada igual, nunca.

¿Qué os puedo decir de La Alberca? Que me enamoró, sin más. Si Las Hurdes está a medio camino entre el pasado y el presente La Alberca es el medievo en el 2014. Sus calles altas y estrechas, sus casas en madera, sus guiños al Temple y sus caballeros en un sinfín de construcciones, su plegaria a las ánimas en la iglesia.. absolutamente todo aquí te hace pensar que has retrocedido varios cientos de años atrás en el tiempo.

Coincidimos con algún tipo de celebración local. Había un mercadillo medieval, música tradicional y unos cultos en la iglesia. Aquí, por cierto, se cruzó otra de esas ancianas enlutadas y con enaguas gordas que no son fáciles de ver hoy día. Los turista y vecinos de otras localidades cercanas inundaban el pueblo.

La vuelta a casa fue un mero trámite de varias horas de coche hasta hasta Ubrique, pasando por Plasencia y Villamartín, ya en Cádiz. Que volveremos, o volveré o volverán, ellos, es deseo o amenaza según desde el punto de vista desde el que se enfoque, pero será.

¿Dónde será la próxima aventura? Se aceptan sugerencias.

2 Comments

  1. Pablo Romero

    Gran resumen de un viaje corto en días pero grande en experiencias.

  2. Javi

    Me ha encantado el resumen. He revivido muchos momentos que mi nefasta memoria había decidido guardar en algún perdido rincón. Fueron sólo 3 días, pero qué 3 días! , inolvidables y espero que repetibles. Gracias a los 2 por haberlos compartido conmigo!

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