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Oct20

Unas fotos de miedo

Como el avión que sobre nuestras cabezas gira siguiendo la línea imaginaria de un camino ajeno a nosotros, nuestra fotografía ha ido virando lentamente durante los últimos meses para alejarse de las estrellas y, quizá seducida por el maravilloso encanto de lo tétrico, acercarse y coquetear con la adrenalina que supone detener el tiempo y la cámara a las puertas de un lugar maldito.

El cielo nocturno guarda el secreto del principio y el fin del Hombre como especie. Lo observamos y fotografiamos con la curiosidad y el asombro del recién nacido que abre los ojos por primera vez. Es en ese lienzo inalcanzable en el que vemos un fantasma por primera vez, en esas estrellas que un día ardieron y que hoy viven lo que tarde en llegarnos su última luz.

Ha sido y sigue siendo nuestra brújula. Espejo, a veces, cuando reflejamos en nuestras construcciones sus luces. No es extraño entonces que dirijamos mirada y cámaras hacia él, absortos. Pero ocurre que una de esas noches perdidas, caminando a tientas y guiado por la propia luz de la Luna bajas la mirada y te das de bruces con un árbol que se retuerce de la manera más dolorosa posible, con una vieja puerta de madera que, aun cuando ya no encierra nada tras de sí, todavía estremece al ser abierta por el viento traicionero.

En ese preciso instante en el que cualquier ruido es capaz de disfrazarse de la criatura más increíble, de tomar conciencia y de jugar con tus nervios, es en ese justo momento cuando empiezas a sentir la necesidad de escapar de un lugar del que ya te sabes preso.

Desde aquél momento en que nuestro avión viró han caído ermitas bombardeadas y abandonadas, presas, pueblos semi abandonados, conventos y cortijos de los que apenas queda una torre desde la que te sientes permanentemente observado, molinos excavados en la montaña y de los que, se cuenta, emanan llantos desconsolados de niños y ruidos imposibles. Siempre, claro, al amparo de la noche y el frío.

Por nuestra localización en el mapa estos lugares marcados a los que vamos de noche con las cámaras suelen estar en mitad de la nada, en alguno de los parques naturales que nos rodean. Llegar a la mayoría de ellos no requiere más que andar un poco, a veces por estrechos senderos y cuestas, y lo mejor es armar un grupo no muy amplio porque cuanta más gente más complicado se vuelve no molestar con linternas las fotos de los compañeros. Nosotros vamos cuatro (Luismi Rodríguez, Eli y María) y el grupo no puede ser mejor.

A estos lugares hay que ir con la cabeza fría y aunque de vez en cuando una broma viene bien es mejor no jugar con la gente, especialmente si en el grupo hay alguien sugestionable. Si vas al lugar conociendo previamente historias truculentas que han ocurrido o pueden ocurrir allí es fácil que la imaginación te juegue una mala pasada.

La lógica te dice que allí donde vas solo hay pasado, edificios a medio caer y nada más. Que si alguien ha oído algo ha podido ser un animal u otra persona caminando unos metros más allá y que los reflejos lejanos pueden también confundirnos. De todas formas no cuesta nada ser respetuosos con el lugar y, por si acaso, no tentar a la suerte. Ante cualquier susto hay, obligatoriamente, que razonar y no dejarse llevar por la histeria porque la alternativa a eso es huir corriendo con el equipo a cuestas, de noche, por la montaña y creedme que esa no es una opción.

Que el miedo no os estropee una buena fotografía.

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